
David nació en 1953, o sea que yo le llevaba unos añitos.
Desde que nació me pareció el niño más bello del mundo, justamente por su piel acanelada, lo que llevaría a mis otros dos hermanos a molestarlo racistamente toda la vida, diciéndole que no era hermano nuestro, que lo habían reogido en un basurero de Guanta, y por cierto, para entonces Guanta era un pueblo feo y sucio.Nos criamos en "EL CHAURE", un campo petrolero frente a una bahía incomparable.
Mi papá consolaba a David diciéndole que no era negro, sino trigueño, y el repetía: "¡Soy tigreño! "Yo lo consolaba contándole cuentos y películas que había visto. Cuando creció él me consolaba más bien a mí, de tantos amores malhadados. Me decía a manera de broma que yo era como el presidente Lusinchi que al enamorarme "perdía la cabeza". Para cuidar a mi madre se trasladó a Maturín y vivía para atenderla.
Parecía él el padre y ella la niña malcriada. Ya no hablábamos sino por teléfono, porque yo trabajo en Caracas. Por teléfono nos contábamos las penas. Y en vacaciones viajaba a Maturín, para verlo. Pero lo extrañaba, extrañaba su guitarra, su exquisito oído musical, sus canciones.Cantábamos juntos, llorábamos juntos a mi padre, fallecido veinte años atrás y a Jorge mi otro hermano, muerto en Maturín de un infarto, a pesar de haber estado en control con los médicos de Maturín. Me arrepiento de no haberle dicho más veces que lo amaba, pero ¿cómo saber que eran sus últimos años? David era fuerte como una ceiba inamovible. En él podía uno confiar, y tambi´n que iba a vivir, para ayudrlo a morir a uno.
Ultimamente le sobrevino una pancreatitis aguda, primera vez que se enfermaba en serio, y después de quince días de "tratamiento" y de haberlo dado de alta, en el mismo hospital de Maturín, mi hermano sorpresivamente murió.
Lo habían tenido tantos días en terapia intensiva, para cobrar más, que por el frío y el poco abrigo (no dejaban pasar a nadie) le sobrevino neumonía.
Días antes habían 2 veces la misma inyección de insulina y le causaron un paro respiratorio.
La noche antes de su muerte le pusieron una transfusión de sangre.
Estoy segura de que tanta negligencia médica como para demandar al hospital, y en otro país lo habrían hecho, sin duda, por al menos 150 millones de bolívares.
Mi hermano mayor, René, les pagó en cambio, esa misma cantidad por mal atender y dejar morir a David. En su desesperación, ¿Qué más podía hacer sino confiar en quienes hicieron el juramento de Hipócritas?
¿Será que los venezolanos somos así de conformistas?
Pero yo no me conformo y le pido a cualquier persona que viva en Monagas que si se enferma, no deje que lo hospitalicen en Maturín, pueblo de médicos comerciantes, buitres de loa tristeza, mercaderes de la muerte.
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